El segundo apron y el modo overtake

El segundo apron y el modo overtake
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La Fórmula 1 de 2026 es un producto muy extraño. Entre gestiones de batería, boosts, modos overtake y superclippings, incluso los aficionados más acérrimos encuentran difícil disfrutar de la que lleva décadas siendo su pasión. Y tranquilo, que si eres de los que se desenganchó cuando Fernando Alonso dejó de pelear mundiales y te has perdido entre los anglicismos de la frase anterior, yo tampoco termino de tener claro si sabría explicarlos transcurrido medio mundial.

Pero sí puedo explicar su gran problema: penalizan ir constantemente al máximo. Si corres demasiado en una mitad del circuito, te quedas sin potencia en la otra y te adelanta hasta el safety car. De forma más extrema que la gestión de neumáticos en los reglamentos anteriores, convierten a la Fórmula 1 en una competición en la que tienes que correr pero sin pasarte. Te hacen mirar los límites desde una distancia prudencial como una madre que te deja meterte en la orilla pero no ir hasta el rompeolas.

Son, eso sí, normas que hacen que en las carreras pasen muchas cosas, pero, contraintuitivamente, les han quitado valor porque están teñidas de una sensación de artificialidad que es difícil ignorar. Hay muchos adelantamientos, sí, pero pocas veces hay verdadero mérito y emoción en ellos. El nuevo reglamento ha conseguido que haya más acontecimientos, no mejores.

Lo cual, en una era en la que tanto redes sociales como plataformas de streaming han entendido que hay que dar contenido todo el rato para que el juguete nuevo de turno te haga olvidar con qué te estabas entreteniendo hace 15 segundos, parece menos un accidente y más el paso natural dado el signo de los tiempos.

Y seamos claros: la NBA no está en ese punto. Por suerte, no está ni siquiera cerca. Pero sí hay en el nuevo convenio colectivo representado por el famoso segundo apron y en sus restricciones salariales algunas similitudes con esa normativa que hace que ir siempre al máximo deje de ser la decisión más coherente y que ocurran tantas cosas que no nos importe ninguna. Y seguramente no haya mejor ejemplo que el verano de 2026.

¿Bendita? Locura

Todavía a la espera de lo que decida hacer LeBron James, venimos de uno de los mercados de traspasos más locos que se recuerdan. Quizás la agencia libre como tal haya perdido gran parte de su atractivo, pero eso no ha significado que las estrellas hayan dejado de moverse al terminar los playoffs. Es más, la cantidad de grandes nombres que han cambiado de equipo llega a ser abrumadora, y la cosa no cambia si ampliamos miras a los jugadores de perfil medio-alto. Ha habido momentos de ir a bombazo cada 24 horas.

Y eso es emocionante por mil motivos. Por la sacudida de endorfinas que te entra con la notificación del tweet de Shams, el debate sobre quién gana y quién pierde, el análisis sobre cómo encajará la superestrella en el nuevo proyecto, la emoción de verla con otra camiseta cuando arranca la liga regular y de enfrentarla a las nuevas expectativas. Esto, que siempre ha ocurrido, es parte de lo que nos enamora de esta liga. Y si ocurre en mayores dosis, pues (en teoría) mejor.

Lo que quizás es menos trepidante es por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido. Y es que incluso en equipos de la zona alta, muchos movimientos no obedecen ya a querer tirarse un all in sino a cuadrar las cuentas en Excel. Menos vueltas rápidas y más gestión de baterías. La forma de conducir proyectos campeones cada vez se parece menos a echar gasolina a un cohete y más a soltar lastre de un globo aerostático. Y si algo bueno ocurre por motivos cuestionables, cabe preguntarse si es bueno en primer lugar.

Porque de repente tenemos a Knicks, Celtics y Thunder liberando espacio salarial, a Pistons y Nuggets regateando en la agencia libre restringida, a los Hornets quitándose a su estrella antes incluso de empezar a competir. Y esta tendencia afecta a todos los estratos sociales, desde grandes talentos como Jaylen Brown o LaMelo Ball a figuras emergentes como Jalen Duren y Peyton Watson o especialistas de rol como Luguentz Dort y Mitchell Robinson. Nadie está a salvo en esta nueva NBA.

En realidad, esto no tiene por qué ser necesariamente malo. Quizás sea solo un nuevo paradigma, y se podría incluso argumentar que hay un mayor mérito en la gestión de recursos cuantas mayores sean las limitaciones sobre estos. Pero es también innegable que parte de la épica del deporte nace solo cuando se va siempre al máximo. Al final, hay una razón por la que los 100 metros lisos van a suscitar siempre más interés que la media maratón.

Y sin embargo, si miramos a los 10 mejores equipos de la temporada 25-26 (que cada uno elija a los 10 que considere), ¿cuántos son ahora mejores que hace dos meses? Según mis cuentas, muy pocos. Quizás incluso preocupantemente pocos.

‘Championship or bust’

El concepto de «anillo o fracaso» lleva muchos años acompañando a aquellos proyectos que, por su mera concepción y potencial teórico, partían prácticamente obligados a ser campeones. Y por injusto que sea, pues conquistar un título requiere de una mezcla tan precisa de talento, suerte y timing que hace que no se pueda obligar a un equipo a ganarlo sino a pelearlo, todos entendemos su origen y podríamos citar ejemplos tanto exitosos como fallidos.

Parece que avanzamos, no obstante, a una realidad en la que el concepto se amplíe a prácticamente cualquier equipo que quiera pelear por un anillo. Quizás el tiempo haga que los contratos empiecen a firmarse acorde a este nuevo paradigma y esto se relativice, pero ahora mismo las ventanas de campeonato dan la sensación de reducirse tanto que son más bien ojos de buey. O ganas pronto, o a reconstruir. O anillo o fracaso.

Así, los Heat, 76ers o Raptors de turno que hoy se arman con nuevas superestrellas ven en otros proyectos el anticipo de un futuro que les pilla mucho más cerca de lo que creen. Y la lección que los campeones de los últimos años les enseñan es que ni siquiera las plantillas que triunfan se libran de sufrir recortes. Que ya no pueden seguir peleando por ser primeros si no levantan el pie del acelerador en las curvas rápidas.

Esto genera un escenario de renovación constante. Las ventanas de campeonato se acortan y hay por tanto menos posibilidades de éxito, y las limitaciones para quien intenta estirarlas son tan grandes que ya casi nadie se decanta por esa vía. Así que tenemos ciclos más cortos y movimientos más frecuentes. Como en las carreras, pasan más cosas. Pero la premisa del «cada vez más» acaba inevitablemente agotándose a sí misma.

La buena noticia es que en la NBA esto sigue traduciéndose en un gran producto. Venimos de unos playoffs cargados de emoción y de grandes historias que hacen imposible percibir todos estos cambios como perniciosos. Es más, se ha generado un contexto de igualdad en el que, como prueba la alternancia de ganadores, se ha llevado a un nuevo exponente esa idea de que cualquiera puede ser campeón si hace las cosas bien. Joder, si es que han ganado hasta los Knicks.

Pero me pregunto si estas similitudes y tendencias son en realidad un aviso de que el deporte está copiando lo peor de otros sectores plagados de productos que todo el mundo consume pero que a nadie le importan. Y aunque por suerte el deporte tiene un componente irracional que hará que nos importe siempre, estaría bien que no nos lo pusieran difícil.

(Fotografía de portada: David Kirouac-Imagn Images)